0

Prólogo a modo de cuento por Isabel Medina

BIBLIOLANDIA, EL PAÍS DE LOS MIL LIBROS

Había una vez una isla muy lejana que estaba en medio de un mar enorme del que no recuerdo su nombre. Era imposible viajar hasta allí porque la nube Carmencita solo dejaba entrar a los niños y niñas que fueran muy especiales. Geniales, diría yo, pues leían cada día un montón de poesía.

Pero no es broma porque en…

BIBLIOLANDIA, el país de los mil libros, hasta el dragón Aniceto usaba gafas de lejos, de cerca, y del revés.

Allí vivía, desde los tiempos de Maricastaña, un pirata sabio llamado el Gran Ovidio Acopán I, que era, en realidad, un Bibliopirata, que no robaba joyas, ni oro, ni plata… ¡Puaf!, ¡qué lata! Su tesoro…su increíble y maravilloso tesoro, el que cuidaba más que a su propia vida, eran LOS LIBROS, sobre todo, los libros de poesía.

Pero un día… un terrible día que hizo caer de panza al arco iris y llorar a mares a la nube Carmencita, arribaron a la isla dos piratas. Uno se llamaba Patapalo, y el otro, Cabeza Perro. No eran malos, no, eran terribles, temibles, horrorosos, pulgosos, espantosos… qué sé yo, habían decidido, sin pedirle permiso al lucero del alba, secuestrar, maniatar y ejecutar al cuidador de los libros de Bibliolandia, el Gran Ovidio Acopán I.

¡Ah…queridos niños y niñas! No quiero contar lo que le hicieron porque aquellos malvados ataron con sogas al buen pirata y amenazaron con cortarlo en pedacitos si no tiraba al mar, uno por uno, a sus más queridos libros, aquellos que cantaban la belleza y la emoción, o sea, los de poesía. La nube Carmencita se puso tan triste que descargó sobre la isla el agua acumulada en su enorme panza durante más de mil años. Los dos terribles piratas temblaban como hojas empapados hasta los huesos, y tal era su enfado y su tiritera, que decidieron acabar con la cuestión de un mandoblazo.

¡Achits… Achists…!  ¡Vamos a coger un catarro muy mocoso! Dijo el pirata Cabeza Perro e hizo al Gran Acopán I, la siguiente propuesta:

-¡Eh…tú, mequetrefe poeta, tontorrón y bibliolandio, si encuentras a una sola persona a lo largo y ancho del mundo que sea capaz de hacer mil poesías en un día, te perdonaremos la vida.

-¡Ja… ja…ja…! Se reía el terrible Patapalo, ¡qué cosas se te ocurren! En este mundo no hay nadie capaz de hacer esa tontería, así que nos lo cargamos y ya está.

-No; jugaremos primero. Si en el plazo adecuado encuentra a quien sea capaz de esa mamarrachada, le dejaremos libre como los pajaritos del cielo… ¡Ja…ja…ja…!

El Gran Ovidio Acopán I, pensó y pensó. Llamó al viento de la noche y le contó su problema. Yo conozco…

Y el viento oscuro, el que salía casi todas las noches cuando nadie lo veía, llegó, tocó, habló con la mujer que le había dicho el poeta sabio y, en lo que dura un pensamiento, la llevó hasta donde estaban los malvados de este cuento.

Todo hay que decirlo, ella también temblaba como una hojita, pero de miedo, claro; jamás pensó que su amor a los niños y a los poemas pudiese resultar tan peligroso.

Los piratas la miraron con asombro.

-¿Tú…? ¿Tú eres capaz de hacer mil poesías?

-Sí…claro dijo ella temblando flojito para que no se le notara, pero necesito que ustedes se duerman durante dos horas. Solo dos horas.

-Está bien… poeta intrusa, pelusa e ilusa… dormiremos un rato porque estamos muy cansados, pero si nos engañas, nuestra venganza será horrible… ¡Horrible! Repitieron a coro.

-¡Ja…ja…ja…! Tú y ese bibliopirata fantoche colgarán del árbol más grande de esta maldita isla que no tiene más que libros.

Un secreto, amiguitos: los ronquidos de los dos piratas se habían salido del mapa y asustaban a los peces.

El viento, consciente de su alta misión, de su importante trabajo, depositó suavemente en el suelo de la isla a la pobre poeta. ¡Qué cargada vino ella con una enorme maleta!

¡Chists… Bibliopirata! Las he contado todas, hasta mil, de una en una. Pero tienes que saber un secreto: yo sola no hubiera podido jamás, así que acudí a pedir ayuda a tu nieto, el hijo de tu hijo, el Gran Ovidio Acopán II, al que llaman, para seguir la tradición, Gran Ovidio Acopán III, que vive en una isla muy lejana que tiene por nombre Tenerife. Allí juega con los niños y las niñas que van a ser los poetas del tiempo futuro. Ellos, sin pensarlo dos veces, hicieron los mil poemas del rescate.

¡Oh…Dios mío! ¡Qué felicidad, mi propio nieto es un poeta! ¡Y él y sus niños son buenos y generosos y nos salvarán de estos piratas ignorantes y mangantes!

Mientras tanto los piratas….

-Vamos a preparar la soga, pirata Patapalo, dejaremos a esos dos tontos  a merced de los cuervos hambrientos.

-¡Nosotros somos piratas, pero honrados! cumpliremos nuestra promesa: Si la poeta ha traído mil poemas, nos marcharemos a otros mares, asaltaremos otros barcos, y de paso, algún banco. ¡Esta isla es una birria!

Y así fue, niños y niñas, como el abuelo del Gran Acopán III, se salvó de una muerte horrible gracias a los pequeños poetas que escribieron con valentía hasta mil poesías.

Un secreto: aunque nadie vio ni oyó nada, yo, poeta, me convertí en la sombra de los que, en silencio, evitaron el terrible asesinato, por eso puedo contarlo. Y decirles, además, que desde este mismo momento los pequeños de esta isla del cuento, junto al Gran Ovidio Acopán III han sido invitados a recorrer de norte a sur y de este a oeste, la isla de BIBLIOLANDIA, el país de los mil cuentos, que está en un lugar lejano rodeada de un mar enorme del que no recuerdo el nombre.

Y para que vean que no lo invento, le regalo este cuento al Gran Ovidio Acopán III que, disfrazado de persona normal, está siempre muy cerca de nosotros.

Isabel Medina

La Laguna, Tenerife, junio-2013

Anuncios